En el voluntariado (y en todo) se impone la tarea sobre la reflexión

Sí, sí, sí…lo sabemos, lo intuimos y ayer en nuestra reunión de voluntarias/os de los equipos de atención y formación de voluntariado de Amnistía, lo hemos vuelto a recordar.  Y una de las compis decía: “normal, en el caos en que vivimos….”

Por increíble que parezca, no tenemos un itinerario formativo escrito.  De esto nos dió buena cuenta nuestro nuevo jefe, que viniendo de fuera, se ha percado enseguidita de nuestros fallos y virtudes.  ¡Lo que tiene la frescura de estar fuera de la rutina! Ya algún compañero del equipo se ha tomado la tarea de comenzar con semejante proyecto.  Eso sí, incorporando la vertiente del crecimiento personal en el camino. Porque, cuando se es voluntaria/o, se cambia. Para bien o para mal, comienzas, te enganchas (o no) y si te paras un momento y te das la vuelta, te das cuenta que eso que haces by de face pensando en que vas a echar una mano a otro/as, va y resulta que te ha tocado, que ha dejado huella.

Creo que es difícil medir, establecer indicadores sobre esta cuestión (o no). La verdad, no había pensando en ello, en que esto también es un factor determinante a la hora de saber si los proyectos que montas y que ofreces a posibles activistas, son válidos al desarrollo individual de las personas y no solo a la buena defensa de la causa de la organización.  Y sí, cuando hacemos voluntariado, según mi punto de vista, la razón principal no debería enfocarse en una/o misma/o, pero experimentando en carne propia todo lo que te aporta ¿por qué hemos de despreciar su consecuencia en nuestras vidas individuales? Lo mejor: tomarlo en cuenta y acoplarlo a nuestra estrategia de motivación.

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