La Declaración Universal de los DDHH, papel mojado

Estaba yo en la plaza, bajo el paragüas protegiéndome de la lluvia, lanzando la pelota a mi perro -que aunque llueve, truene o relampaguee él tiene que salir a correr- y leyendo el especial que ha hecho la revista semanal de El País sobre el 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que se celebra mañana 10 de diciembre, cuando veo pasar una mujer con dos niños de unos 6 y 8 años, vestidos ellos de “cazadores”  con unas metralletas de juguete, con sus balitas colgando y todo.

A veces me levanto con el pesimismo subido.  La verdad, la realidad tampoco ayuda mucho que digamos.

Me frustra que tantas leyes y reglas pensadas para mantener el respeto y la dignidad de todas y todos, se quede en el puro papel.  Y nada más gráfico que ver como éste se mojaba mientras más allá, dos niños jugaban a matar.

Ya lo comenta Irene Khan en el texto que aparece este domingo en el citado semanal:

(…)

Sesenta años después, y a pesar de los avances, la injusticia, la desigualdad y la impunidad siguen siendo los rasgos distintivos de nuestro mundo, y los Gobiernos arrastran un triste legado de traición a estos principios. Muchos de ellos han mostrado más habilidad en ejercer el abuso de poder que en respetar los derechos de las personas a quienes gobiernan. Tras seis decenios de promesas incumplidas, los derechos humanos están en riesgo.

Es cierto que se han creado multitud de normas, sistemas e instituciones de derechos humanos, y que se ha avanzado gracias a ellos. El número de países que brindan protección constitucional y jurídica a los derechos humanos es mayor que nunca. La pena de muerte se dirige hacia la abolición total, el mercado internacional de armas va camino de ser regulado, y desde la detención de Augusto Pinochet por acción de un juez español, el mundo es un lugar cada día más pequeño para los perpetradores de crímenes atroces contra las personas. Y sin embargo, ante las numerosas y acuciantes crisis que salpican el planeta, no existe una visión común entre los líderes mundiales para hacer frente a los retos contemporáneos en materia de derechos humanos.

Mientras los mercados financieros mundiales se tambalean, los intereses de los pobres e indefensos corren el riesgo de caer en el olvido. La pobreza es la más grave y extendida crisis de derechos humanos que vivimos, pero no hay voluntad política para hacerla frente. Al menos dos mil millones de conciudadanos siguen viviendo en la pobreza, luchando para conseguir agua, alimentos y vivienda. El cambio climático nos afecta a todos, pero los más pobres serán los más perjudicados, ya que perderán sus medios de vida. En julio de 2007 se alcanzó el ecuador del calendario fijado por la ONU para lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio en 2015. Es muy improbable que esos objetivos se cumplan. Otra promesa traicionada.

(…)

Hoy es más necesario que nunca reconstruir la unidad de propósito. Los derechos humanos internacionalmente reconocidos siguen proporcionando el mejor marco para afrontar estas situaciones: representan un consenso global sobre los límites aceptables y los defectos inaceptables de las políticas y las prácticas de los Gobiernos. Y la Declaración Universal es un plan de acción tan acertado para un liderazgo clarividente como lo fue en 1948. La diferencia es que ahora existe un movimiento global de ciudadanos que pide a sus dirigentes que adquieran de nuevo el compromiso de respetar y promover los derechos humanos

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