Ser feliz debería ser sencillo

Ayer, como muchos fines de semana madrileños, me fuí al parque del oeste a correr con mi perro, Orlando. Estuvimos una hora de subidas, bajadas, juegos con piñas y palos y comiendo hierba (bueno, eso Orlando) y otra hora de chachara con Marga, una señora que siempre veía pasear con su amiga caniche, pero con la que nunca me había parado a hablar.

Marga es una mujer jubilada, de unos 60 bien llevados y cañeros años, muy independiente, coqueta y con las ideas bastante claras (como suele ocurrir entre personas de su edad). Marga se lamentaba honestamente por la situación en la que vivimos lxs jóvenes (y no tan jóvenes) en este país: más que bajos sueldos, a pesar de las oportunidades y facilidades para una formación de calidad, la poca accesibilidad a una vivienda digna, la especulación, la privatización de cosas tan básicas como la educación y la salud, etc. Ella le llamó a todo esto “terrorismo sin bombas”.

Marga se preocupaba de que existieran tantos obstáculos para ser feliz. Decía que la vida es muy sencilla: rodearte de gente amable, trabajar en lo que sabes hacer bien y que te guste y cuidar tu salud, pero que parece que estamos empeñadxs en hacerlo todo más complicado.

Nos despedimos luego con la promesa de vernos otros fines de semana, tomar el sol juntas y también compartir experiencias caninas.

Y yo me quedé con ese sabor agridulce que deja el reconocer que estaba ante una gran verdad, de esas que te repites en el fondo de tus pensamientos, pero que a veces, te sientan fatal encontrártelas de frente, porque te hacen recordar lo pequeñxs que somos ante la inmensa y férrea presencia de esos molinos de viento que forman, también, nuestra realidad.

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